El Saltillo 400 es, para efectos históricos, el correspondiente a 1977, por situarnos en la línea del tiempo. Aquél de la polémica en torno a la fecha de fundación de la villa, previo a la onda expansiva que detonó la llegada de GM a la Región Sureste de Coahuila.
Coahuila

Chisme is life: el Saltillo 449 que tanto se parece al Saltillo 400

El Saltillo 400 es, para efectos históricos, el correspondiente a 1977, por situarnos en la línea del tiempo. Aquél de la polémica en torno a la fecha de fundación de la villa, previo a la onda expansiva que detonó la llegada de GM a la Región Sureste de Coahuila.

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Autor: José Alfredo Ramos López
16 de julio de 2026 a las 04:00 · 15 Vistas · 2 min de lectura

El Saltillo 400 es, para efectos históricos, el correspondiente a 1977, por situarnos en la línea del tiempo. Aquél de la polémica en torno a la fecha de fundación de la villa, previo a la onda expansiva que detonó la llegada de GM a la Región Sureste de Coahuila.

El Municipio era entonces capital pero pueblo chico; infierno grande, desde luego. Todos se conocían, aunque lo anterior sea poco riguroso en sentido estricto; no obstante, la gente contemporánea tenía la sensación de pertenecer a una comunidad de vecinos en torno al centro de la ciudad. Se tenían ubicados unos a otros, por lo menos.

Enclavados en el valle de las Montañas Azules (concepto acuñado por el finado Onésimo Flores en su libro homónimo, justo es decirlo), actualmente hay más calor, menos árboles, más mancha urbana, menos calidad del aire, muchísimo más población y exponencialmente más vehículos circulando, o yonkeados en las calles, o estacionados afuera de casas y comercios y en general en cada espacio público que pueda ser ocupado, invadiendo cada metro cuadrado de la carpeta asfáltica, banquetas, arroyos, camellones, escalinatas, etcétera.

Pero también tenemos un Costco Wholesale y eso –para algunos, que no son pocos– es suficiente para compensar el valor de la metrópoli y entrar de lleno a esa modernidad que se confunde con capitalismo global.

En ese sentido, parecería que la dinámica del Saltillo 449 (2026) ya es otra; una de urbe cosmopolita que no se entretiene con las historias de sus congéneres como antes hacía, a falta de estímulos y distracciones, sino una que mira de frente al mundo y sus tentaciones. Abierta a otras culturas y estilos. Con expectativas, recreación, esparcimiento.

Sin embargo en los últimos días un par de noticias (si se le puede llamar así a la información divulgada) han servido de paradigma para demostrar una hipótesis: el chisme sigue siendo el combustible social por excelencia en Saltillo. O como reza la leyenda de redes sociales: chisme is life (el chisme es vida, por su efecto revitalizador).

Los temas involucran a la Filarmónica del Desierto y al Museo de la Katrina. Aunque no como instituciones que representan algo para la colectividad, sino por los conflictos internos que padecen. Polémicas ociosas, más bien.

En circunstancias habituales, ni una ni otro tendrían reflectores ni visibilidad en la agenda pública. La orquesta tocaría para sus cuatro asiduos, y la colección privada abriría sus puertas para sus respectivos cuatro visitantes.

Su notoriedad radica en el conflicto como epicentro. La disputa humana de poder en ambos casos. Dimes y diretes con los medios de comunicación como caja de resonancia. Una fórmula probada que atrae a la sociedad saltillense desde tiempos inmemoriales, y, al mismo tiempo, moldea una característica de su idiosincrasia: la satisfacción por la derrota ajena. Pulsiones primitivas que, en el asunto que nos ocupa, han generado una avalancha de comentarios entre la comunidad, como suele ocurrir cuando algo interesa lo suficiente para sacarle de su proverbial apatía.

En el caso de la exposición de muñecas y catrinas dentro de una casona vieja en las colindancias del Centro Histórico y el Saltillo Antiguo, hay quienes piden considerar su valor artístico; otros, le reducen a un “pulguero de tiliches” (potentísima referencia producto de la creatividad de un usuario de Facebook).

Sobre los músicos ejecutantes de un instrumento, por lo demás, las valoraciones no son distintas.

 

 

Cortita y al pie

El affaire revela un hábito social que no ha cambiado casi 50 años después: pese a ser ahora un millón de habitantes y no 200 mil como en el Saltillo 400, todo mundo (y por ‘todo mundo’ me refiero a los saltillenses nativos y aquellos avecindados mucho tiempo atrás, no a la diáspora de sureños que arribó recientemente) asume que conoce a los demás, por tanto tiene una opinión autorizada sobre ellos debido a esa cercanía inexistente (cuando lo que predomina, en cambio, es el individualismo rampante), encaminada casi siempre a regodearse con la miseria de otros.

Aprenderse –incluso memorizando detalles para compartirlos después en alguna charla frugal– los fiascos que han encajado y consumado empresas en la localidad, franquicias y familias por igual.

Saber anécdotas –con lujo de detalle– del porqué quebró éste o aquél, y difundirlo con un dejo de superioridad moral a un eventual interlocutor que quiera oírlo.

Alardear, como si se tratase de una habilidad de supervivencia individual, el hecho de vivir en una sociedad en donde todo, tarde o temprano, termina por fracasar. Menos él, quien lo pronuncia, por supuesto.

 

 

La última y nos vamos

Ser, indirectamente, aficionados al fracaso.

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